EL MITO GRIEGO DE OCÉANO Y LAS ISLAS DEL ATLÁNTICO
Germán Santana Henríquez
Universidad de Las Palmas G.C.
En muchas ocasiones suelen pasar desapercibidas un conjunto de realidades sutiles que solemos captar y aceptar de manera inconsciente. Precisamente, en su parte superior, el escudo de la Comunidad Autónoma de Canarias reza la palabra Océano, término que para la mayoría de los canarios sólo indica la realidad geográfica del mar Atlántico en el que se encuentra el archipiélago. Sin embargo, una simple voz como ésta puede encerrar en sí misma el peso de una rica y variada tradición milenaria. Aparte de su significación geográfica, esta entrada registra en el lenguaje mítico de los textos griegos más antiguos su designación como entidad divina importante. Los textos homéricos nos lo muestran como un Titán que se unió sexualmente con su hermana Tetis con la que tuvo una prolija descendencia1. La descripción de su ser nos presenta una gran corriente cuyas aguas se extienden hasta la periferia del mundo constituyendo su curso el límite de tierras y mares. Este inmenso río que da la vuelta al mundo origina en su deambular una serie de fuentes y arroyos cuyas aguas reencuentran el curso del que partieron. De ahí el epíteto "que refluye sobre sí mismo" con el que frecuentemente se le califica2. Este dios-río Océano junto con su esposa Tetis suponen el principio original de la creación, la primera pareja en la sucesión de cuatro generaciones divinas que parten del mismo Caos. La antigüedad de este sistema mítico viene corroborada por las similitudes y analogías que se detectan con las mitologías del Próximo Oriente en el tratamiento del tema del agua primordial. La palabra Océano, de oscura etimología3, designa tanto al dios como al río sobre el que reina y así en los contextos en los que tiene una naturaleza comparable a la de un ser humano los epítetos le caracterizan como un río. Por otro lado, la iconografía resalta este aspecto dual de Océano. Su rostro presenta una barba cuyas ondulaciones se prolongan formando las olas sobre las que nadan los monstruos marinos y una cabellera de la que parten unas pinzas de cangrejo. Todas las aguas que circundan la superficie de la Tierra, salvo el agua de lluvia y su rocío, provienen indirectamente de Océano y todas parecen hallarse en relación con el río lejano que fluye alrededor del mundo. En definitiva, la tradición mítica griega nos propone la imagen de un universo rodeado por aguas que existieron desde el principio, sugiriéndonos la circulación de estas mismas aguas en las regiones inferiores del mundo. El problema surge con los cambios de significación que la palabra ha conocido por parte de los escritores griegos a lo largo del tiempo. Antiguas obras de carácter enciclopédico trataron de confrontar la enseñanza de los mitos con el testimonio de los navegantes y establecer así correspondencias entre ellos. Los primeros geógrafos supusieron que una continuidad unía todos los mares exteriores y que sus aguas envolvían los continentes, basándose fundamentalmente en las cosmogonías míticas tradicionales y en algún que otro periplo por África. En la confección de los primeros mapas geográficos se utiliza la antigua imagen del mundo limitado por las aguas y la descripción homérica del escudo de Aquiles que dibuja el curso circular del Océano alrededor del mundo. Poco a poco fue posible distinguir lo que pertenecía al dominio de la descripción objetiva de aquel otro ámbito mitológico. De esta evolución el río Océano perdió su significación cósmica para adquirir una existencia puramente geográfica que la identificó con el Atlántico por ser éste el límite occidental del hasta entonces mundo conocido.
Las aguas de Océano, por otra parte, purifican y regeneran4. Desde su ocaso hasta su salida el agua de Océano lava y purifica a los astros renovándoles su brillo. Estas cualidades de Océano provocan diversos efectos sobre las islas y países que bañan sus aguas. De este modo la imaginación poética colocó en las riberas de su curso fabulosos pueblos como los Hiperbóreos e inquietantes monstruos como las Gorgonas. Los Campos Elisios, residencia de las almas de los muertos, ocupan una isla en medio del Océano caracterizada por un clima dulce y suave en la que la tierra se ve regada por agua abundante que produce una vegetación maravillosa aunque no llueva. Este suelo admirablemente fértil, verdadero vergel divino, se corresponde con el paisaje de otra isla igualmente situada en la corriente del Océano y habitada por las Hespérides. El hecho de situar en el Océano, lugar de alejamiento por excelencia, todo lo que en el mundo era extraño y fabuloso responde a una práctica presente en Homero y conocida como "oceanización", es decir, la tendencia a trasladar a los bordes del Océano pueblos y lugares que de ordianrio se situaban en otra parte. Como señala el profesor Marcos Martínez5 la práctica de la oceanización tiene como corolario instalar en los contornos del Océano los países y lugares utópicos, imaginarios o escatológicos en el sentido teológico del término.
Pero la corriente de Océano mantiene a través de las aguas subterráneas un estrecho contacto también con el mundo de los muertos. El alma antes de abandonar los parajes infernales para reencarnarse debía acudir a la fuente del Olvido y beber el agua que le hará perder el recuerdo de su existencia precedente. Igualmente, la Estigia, considerada como la décima de las aguas de Océano, protagoniza el episodio en el que Tetis sumerge a su hijo Aquiles en sus aguas para hacerlo invulnerable. Otra fuente, la de la Ambrosía, situada en la isla de las Hespérides, en pleno Océano, produce la sustancia del mismo nombre que proporciona a los dioses la inmortalidad aparte de conferirles fuerza y vigor.
Las Islas Canarias, ubicadas en el Océano por antonomasia, en aquel mar exterior desconocido en el que los antiguos colocaban países y pueblos cuya esencia era la de ser inaccesibles, pues se trataba de tierra de dioses, de muertos, de frutos maravillosos, en definitiva de "países de otro mundo", recibieron pasivamente la rica tradición mitológica griega que se adaptaba y acoplaba a la naturaleza insular. La historiografía canaria se hizo eco de este mito de Océano y en sus obras todos los historiadores de siglos sucesivos recogen en mayor o menor medida los antecedentes míticos del Archipiélago.
Un nombre señero en los inicios de la historia referente a Canarias es, sin duda, Leonardo Torriani y su Descripción e historia del reino de las Islas Canarias (1592)6, obra de carácter enciclopédico donde la leyenda y la mitología se confunden con la realidad vivida por su autor. Obra importante no sólo por los abundantes juicios que realiza sobre las islas y sus habitantes, sino también por el caudal de datos que su trabajo nos trasmite. La huella presencial de Océano aflora desde el capítulo inicial referente a Si las Islas Canarias son las verdaderas Afortunadas al comentar el pasaje de Plutarco de la Vida de Sertorio referente a la ubicación del monte Atlas: "... Pero éste es el Menor, el cual (según Juan León Africano) se levanta sobre el mar Océano ... el Atlas Mayor está al Poniente, sobre el Océano". Un dato sorprendente distingue hechos producidos en un mar que no es el Atlántico: "Solino pone otras tres islas Afortunadas, entre las Casiterides, en el océano Cantábrico, frente a Galicia; pero, como de estas islas no se hace mención en los escritores más antiguos, ni tampoco se hallan en el mar Atlántico, sino en otro clima, muy alejado de éste, no la tendremos en consideración".
Al hablar en el capítulo IV de los primeros habitantes de las islas, Torriani nos obsequia con una concepción cosmogónica romanizada que sitúa al titán Océano como padre de los dioses: "Júpiter, en Homero, para descansar, busca a los etíopes, que viven sobre el Océano, padre de los dioses; lo cual alude evidentemente a cuanto escribieron los árabes de la felicidad del célebre desierto Haiz, situado en el mismo paralelo que los etíopes occidentales y de otros muchos lugares de Etiopía, y de esta parte del mar Atlántico".
En la descripción de la isla desierta de la Alegranza (capítulo VII) tiene lugar una nueva aparición del dios-río, concretamente en la identificación que hacen los mareantes que salen de Cádiz o de San Lúcar "(donde el río Betis desemboca en el Océano)". De la fantasía mítica se pasa sin solución de continuidad a la realidad geográfica cuando afirma: "Los ingleses y los franceses, que dan la vuelta a este mar Océano, hasta las últimas partes de América, y pasan por el estrecho de Magallanes y las Molucas, y por la cuesta de China dan la vuelta alrededor del mundo, echan el ancla en este agradabilísimo canal y, desembarcando en la Graciosa, se ponen en orden y arreglan sus navíos para hacer tan larga navegación".
El capítulo XI referido a Lanzarote rompe con uno de los tópicos más frecuente de las Islas Atlánticas o Afortunadas: el locus amoenus: "No tiene agua de beber buena, más de la que llueve, que recogen en pequeñas charcas que llaman maretas". En el mismo sentido se inserta la cita siguiente recogida en el cap.XX dedicada a la fertilidad de Fuerteventura: "Tiene pocas aguas y pocos árboles, con excepción de un valle agradabilísimo, lleno con palmas salvajes". También la suerte de las Afortunadas se ve atropellada por una vieja costumbre mediterránea: la piratería: "Siendo estas islas molestadas por los corsarios que saquean a través de este gran mar Océano" (cap.XIV).
La formación de la isla de Lobos (cap.XVIII) refleja una sutil comparación con otras dos del Mediterráneo, Volcano y Estromboli, en el mar Napoletano,"y Santa María, isla del Océano entre las Terceras".
Mayor información se halla en el cap.XXVIII dedicado a Gran Canaria, donde se establecen los lazos entre Océano y el mundo de los muertos: "Este mar Atlántico también fue llamado de los Inferiores, por estar situado en la parte inferior de toda la tierra de Occidente, donde los antiguos poetas fingían hallarse la puerta de la noche; y, con variarse su nombre, le dijeron Estigio y Lago del Infierno".
También en el mismo capítulo aparece la denominación de Océano como padre, epíteto que adquirirá vigencia permanente en la poesía insular: "... el número septenario atlántico no era otro, en la intención de Mercurio, que el de las siete islas Atlánticas habitadas, a las cuales llamaron después felices. Es verdad que este mismo número se atribuye a los planetas y a Maya, una de las más importantes; y quizá ésta era de Canaria, de la cual él tomó el nombre de la madre, por ser Mercurio, con todos los demás dioses, nacido sobre este mar Océano, a quien Homero llama Padre". La misma recurrencia al dios-río como principio original con pleno poder generador en sus aguas acontece en el cap.XLII referente a la calidad y costumbres de los canarios: "... y tampoco se equivocaron los poetas, al fingir que Venus nación de la espuma de las fecundísimas olas de este Océano Atlántico, llamado Padre de los Dioses".
El Océano Atlántico se convierte frente al cumbroso Olimpo en sede de los dioses inmortales según se indica en el cap.L que aborda el pico de Teida en Tenerife: "Pero (si bien me acuerdo de haberlo leído, hace ya muchos años), Píndaro, al describir en este océano Atlántico la sede de los dioses, finge que la ninfa Tirsis está sentada encima de este monte, cuyo nombre significa en griego <<alto>> o <<cosa que está en lo alto>>. Los antiguos isleños lo llamaron Eheide, que significa <<infierno>>, por el fuego espantoso, ruido y temblor que solía hacer, por lo cual lo consideraban morada de los demonios".
La inmensidad de su longitud es tal que muchas islas están aún por descubrir: "Nadie duda que por este gran mar Océano se hallan todavía más islas desconocidas, que hasta ahora no se han encontrado, por no hallarse recorrido por todas sus partes".
Un tema unido a la de la figura mitológica de Océano y en cierto modo ligado a él es el de su naturaleza, es decir, el tratamiento del agua y la benignidad de las condiciones atmosféricas sobre las tierras que bordea. Así en la capítulo XXX se alude a "los frescos vientos septentrionales, que el Océano manda continuamente por estas islas" y en la descripción de la ciudad de San Cristobal de la isla de Tenerife (cap.LIII): "La laguna se forma por la reunión de las aguas de los montes circunvecinos, se llena por medio de un riachuelo que viene desde el norte, y se desagua por otro que corre en dirección del levante". Del mismo modo, de la isla de la Gomera se comenta: "De modo que toda la belleza de esta isla es la que mira en dirección del húmedo y fresco Aquilón. Por esta parte tiene muchos ríos y fuentes corrientes, que se pierden sin aprovechar..."
El Hierro "es famosa por los árboles de que hasta ahora se saca el agua de beber" (cap.LXII). La imagen de las fuentes, de fuerte trascendencia en la literatura antigua, tiene su lugar en la descripción de la isla de la Palma: "El principio de estas aguas se halla en dos fuentes, que están casi pegadas la una a la otra, y brotan de una piedra blanda, vuelta en dirección del Austro. Una de ellas tiene agua buena para beber, y la otra la tiene verdosa, amarga y nociva".
Como señala A. Cioranescu7 la obra de Torriani sigue siendo una de las más valiosas históricamente, para comprender el pasado de las islas, así como los arduos problemas de la historiografía canaria. El mismo hecho de que escriba su obra sin la intención de elogiar o de hermosear, es una garantía de que su reproducción de la fuente, defectuosa por otros conceptos, no está embargada por escrúpulos localistas o personalistas.
Los inicios del siglo XVII verán aflorar una historia de las islas en verso gracias a la poesía manierista de Antonio de Viana y sus Antigüedades de las Islas Afortunadas (1604)8. Aunque este poema será objeto de estudio en el capítulo dedicado a la presencia de Océano en la literatura canaria, no obstante, adelantaremos un aspecto particularmente llamativo; es el referente al nombre del océano. En el canto I, concretamente los versos 23-24 dicen:
"En el oceano mar, término Adlántico,
yacen en medio de las ondas varias,"
Viana escribe la forma vulgar, sonorizada, aún viva en Adlántico por Atlántico, pero la culta es Atlante, Atlántico. Atlante era el nombre del gigante que acaudilló a los Titanes contra los dioses, por lo que éstos le condenaron a llevar sobre sus hombros la bóveda del cielo; acabó petrificado, convertido en la cadena africana del Atlas y dio nombre al Océano.
Pero quizá la primera síntesis del pasado canario, hecha, un siglo después de terminada la conquista, pero sobre documentos de primera mano, sea la obra histórica de Abreu Galindo titulada Historia de la conquista de las siete Islas de Canaria (1632)9. Desde el principio se advierte la vieja concepción cosmográfica que sitúa al Océano como fin del mundo conocido: " Así también pensaron que, viniendo del Oriente hacia el Occidente, fenecía lo habitado en Galicia y no pasaba allende al mar Océano". Esta inmensa franja de agua salada recibió el calificativo de Atlántico, como se comenta en el capítulo II, por: "Otros autores llamaron a estas islas Atlánticas, por caer en el mar Atlántico, dicho de este nombre; ... Este Atlas, después que quedó por rey de Africa, se solía subir a una montaña alta que cae en Africa, hacia la parte donde están estas islas, pero 330 leguas apartadas de ellas, poco más o menos, para que descubriendo de allí más encumbrado el horizonte, pudiese considerar los cursos de los planetas y otras estrellas y movimiento de los cielos. Al cual monte, por la frecuentación y habitación que en él hacía Atlas, le llamaron del mismo nombre, y al mar de estas islas que baña las costas de Africa, hacia la parte donde cae este monte, le llamaron Atlántico ... Y de este Atlas toma el nombre el mar Atlántico, que es aquella parte del mar Océano que ciñe y cerca la Mauritania."
El tratamiento del agua, tanto dulce como salada, comprende además una serie de noticias relativas a condiciones atmosféricas y clima, costumbres y ritos, organización social, flora y fauna, etc. En el capítulo III se nos indica: "... sino que el océano manda siempre las brisas del Céfiro, de sonoro soplo, para dar a los hombres más frescura". Esta bonanza climática gracias al efecto refrescante de las ondas del Océano concecta con el sistema judicial indígena de Lanzarote y Fuerteventura en aquellos tiempos (cap.X): "Y la ejecución de la justicia se hacía en la costa del mar". Del mismo modo, Abreu Galindo es consciente de la escasez del agua como bien precario en las islas orientales (cap.XI): "Tienen estas islas poca agua".
La isla del Hierro (cap.XVII) tampoco escapa a esta triste realidad cuando se indica: "Las aguas en esta isla son pocas, aunque algunos escritores, tratando desta isla, la hacen tan estéril de agua, que afirman no haber otra agua en toda la isla, si no es la que distila del árbol, que tienen con mucha guarda". También el lugar común de las fuentes encuentra aquí un amplio desarrollo. En el cap.XV dedicado a La Gomera se lee: "Es muy abundantísima de aguas y fuentes y muy buenas, especialmente la fuente de Chemele y la de Tegoay y la de Chegelas, que al presente llaman la fuente del Conde". Interesante es también el nombre de una de las fuentes de la isla del Hierro por cuanto que la traducción del término aborigen viene a significar la caracterización de Océano como río universal: "Pero en efecto tiene otras aguas de fuentes, aunque pocas, como es la fuente de Acof, que en su lenguaje quiere decir <<río>>". Finalmente la isla de la Palma presenta una mayor variedad de fuentes y arroyos pese a la aparente contradicción del inicio del capítulo II del libro tercero: "Esta isla de la Palma es falta de aguas, porque solamente tiene tres arroyos de que hacer caudal". Una de las fuentes, verdadero manantial de salud, se caracteriza por sus efectos terapéuticos, idea que enlaza con la fuerza y el vigor que proporciona las aguas de Océano en la mitología griega: "Los naturales antiguos llamaban este término en su lenguaje Tagragito, que es "agua caliente", donde se podía hacer un tanque cubierto donde se curaran muchas y diversas enfermedades, bañándose con él; ... Este término lo llaman los cristianos Fuencaliente". Del otro manantial se indica: "Y por entre aquellas losas cae distilada el agua, en goteras, tan buena que es contento beber de ellas. Los antiguos la llamaron Tebexcorade, que quiere decir <<agua buena>>".
En cuanto a los primitivos ritos en relación con el agua, concretamente con la lluvia, sobresale el que Abreu Galindo nos dibuja en el capítulo III del libro segundo: "Adoraban a Dios alzando las manos juntas al cielo. Cuando faltaban los temporales, iban en procesión, con varas en las manos, y las magadas con vasos de leche y manteca y ramos de palmas. Iban a estas montañas, y allí derramaban la manteca y la leche, y hacían danzas y bailes y cantaban endechas en torno de un peñasco; y de allí iban a la mar y daban con las varas en la mar, en el agua, dando todos juntos una gran grita".
Otro elemento de concepción cosmogónica primordial es la relación que se establece entre el líquido elemento y la naturaleza vegetal, presente en la disertación sobre la isla del Hierro (cap.XVII del libro primero): "... porque esta isla se sustenta con el agua que cada día destila por las hojas de un árbol ... La manera que tiene en el distilar el agua este Arbol Santo o garoe, es el que todos los días por las mañanas se levanta una nube o niebla del mar, cerca a este valle, la que va subiendo con el viento Sur o Levante de la marina por la cañada arriba, hasta dar en el frontón".
Abreu Galindo siguiendo una férrea lógica escolástica defiende la existencia de las isla de San Borondón en el océano Atlántico merced a una curiosa teoría de las corrientes (caps.XXV y XXVI del libro tercero): "Y así digo que en este mar Atlántico, como corren la aguas con tanta velocidad, repercute tanto el agua en esta isla, que rechaza y expele fuera de sí los navíos, y los hace la mesma corriente guiar por los lados de ella con más velocidad de la que hasta allí han llevado. Y como la isla al parecer es grande, hace mayor resistencia a las aguas; ... digo que las aguas, en este mar Atlántico no muy lejos de tierra, tienen dos corrientes naturales: una de norte a sur, cuando el mar mengua, y otra del sur al norte, cuando crece".
La tradición mítica griega del Océano alcanza un punto de inflexión en el análisis de una obra del siglo XVII un tanto olvidada y que, sin embargo, es fuente y punto de referencia para la historiografía canaria posterior. Se trata de Excelencias y Antigüedades de las siete Islas de Canaria de D. Cristobal Pérez del Cristo, obra impresa en la ciudad de Jerez de la Frontera en el año 167910. En el capítulo primero referido al nombre, número y situación de las Islas de Canaria se inicia la descripción del Océano como ubicación divina del archipiélago:
"... puso en el dilatado piélago del Occeano, tan respetado y temido en tiempos antiguos, y hollado de navegaciones en los presentes"11.
Seguidamente se expresa la cantidad de las islas del Océano Atlántico y la situación exacta de las Canarias según diversas fuentes:
"Y á treinta contando todas las Islas del Oceano Atlántico, que en ese sentido refiere el P. Lorino sobre el Psalmo 71, vers.11, que Jacobo de Valencia, Obispo Cristopolitano pone treinta Islas Afortunadas en el mar Atlántico.
La situación de estas Islas es en el Oceano occidental Atlántico enfrente de la Mauritania Tingitana, apartadas del Ecuador de veintisiete á veintenueve grados"12.
Bajo el epígrafe Del origen de los primeros naturales de estas Islas, y de los Autores, que en lo antiguo y moderno hablan de ellas, comienza el capítulo segundo del que extraemos un fragmento referido a la isla del Hierro relacionada con el elemento del agua en su denominación:
"A la Isla del Hierro, dice, la pobló un hijo de Gomet y que la llamó Hero, que en su lengua quiere decir Fuente, aludiendo al Arbol Til, de esta Isla, que sudaba de las hojas agua para el sustento de los naturales: corrompieron luego el nombre Hero, con el de Hierro, que hoy conserva"13.
La identificación de las Canarias con otras islas fantásticas y maravillosas de la Antigüedad viene avalada por más de cien autores de los que se vale Pérez del Cristo para la elaboración de su obra:
"De estas Islas nombrándolas ya con el nombre moderno de Canarias, ya con los antiguos de Islas Afortunadas, Atlánticas y Campos Eliseos, hacen mención los autores siguientes: Ptolomeo, ... Plinio,... Pomponio Mela,... Plutarcho, ... Salustio,... Luis de Carrión, ... Andrés Schotto, Estrabón, Solino, Homero, Virgilio, Plauto, Horacio, Propercio, Tibulo, Prudencio, Sidonio, S. Gerónimo, Flavio Lucio, San Gregorio Niazanzeno, San Juan Chrisóstomo, S. Isidoro, Séneca, Francisco Petrarcha, Luis Vives, Vicencio, Antonio de Nebrija, Ambrosio Calepino, Carolo Stephano, Conrado Gesnero, Lucio Marineo Sículo, Petrus Martir, ALberto Myreo, Nonno Monge, Servio Honorato, Luciano, Joan Sulpicio Verulano, Philippo Beroaldo, Jacobo Prontano, Domínico Mario, Juan Luis de la Cerda, Jacobo Mycilo, Helenio, Porphyrio, Landino, Hermano Figulo Ascencio, Mancinelo, Mureto, Nicolás Cansino, Abraham Ortello, Juan de Barros, Pedro Opmeero, Laurencio Beyerlinex, Solorzano, Primo Obispo Cabilinense, Francisco Bivario, Rodrigo Caro, Thomás Tamayo, Benedicto Pererio, Martín Delmo, Lorino, Joan de Pineda, Ludovico, Joan Bautista Villalpando, Cornelio á Lapíde, Gaspar Sánchez, Jacobo de Valencia, Francisco García del Valle, Francisco Gonzaga, Francisco de Salinas, Juan Eusebio Nieremberg, Sebastián Beretario, Simón de Vasconzuelos, Estevan de Paternina, Salazar de Mendoza, Borrero, Gil González Dávila, Juan de Mariana, Fray Gregorio García, Escobar, Verderio, Don García de Góngora, Alonso López de Haro, Jacobo Mainoldo, Velazquez de Mena, Fernan del Pulgar, Gerónimo Zurita, El Conde Lucanor, George Merula, Luis de Camoens, Manuel de Faria y Sousa, el Obispo Murga, Francisco López de Gomara, Benedicto Bordone, Martín Fernández de Enciso, Florián de Ocampo, Castrillo, Fr. Felipe de Gándara, Claudio Clemente, Joan de Alloza, Alonso de Andrade, el P. Alonso García, Don Joseph de Tobar, Fray Alonso de Espinosa, D. Bartolomé Cairasco, Antonio de Viana, Juan Nuñez de la Peña"14.
El testimonio de autores como Pomponio Mela prueba el ya mencionado fenómeno de la oceanización y confirma la opinión común de las Canarias como sede de aquellos lugares maravillosos que nos transmitía la preceptiva mítica clásica:
"Pomponio Mela de situ Orbis lib.3, cap.11, hablando de las Islas del mar Atlántico, después de haber dado sitio á las Hesperides, que cree ser las Afortunadas en el lugar que hoy tienen las Canarias individuando el ingenio particular de dos fuentes celebradas en una de ellas"15.
Del mismo modo, Florián de Ocampo, historiador de las cosas de España, basándose en el periplo sobre las riberas africanas del general cartaginés Hannón, vincula las Canarias con las Islas bien Afortunadas:
"Descubrió el mar Atlántico y en él contra la vuelta del medio día occidental las Insulas bien Afortunadas, que son las que llamamos agora de Canaria"16.
Se discute asimismo la procedencia de la denominación de Afortunadas aplicable a islas tanto del Mediterráneo como del Atlántico. En este sentido se concluye:
"Lo primero en que lo más favorecido de todos los Autores antiguos y modernos es, llamar á las Afortunadas Islas del Océano Atlántico: ... que este nombre de Islas Afortunadas nació en el Océano Atlántico y que de allí se tomó para aplicarlo a Chios, Samos, Rhodas y demás Islas de Sicilia"17.
Una de las cualidades de las tierras de estas islas fantásticas era su gran fertilidad a pesar de que no llovía en ellas. Significativo es el pasaje que ahora presentamos donde se dice textualmente:
"Quien quisiera leer ejemplares de la fertilidad de estas Islas lea á Peña, lib.1, cap.3, fol.23, y hallará alli, que la fanega de trigo de sembradura acude á 100 y 110 y otras cosas á esta proporción, por las cuales Manuel Faria sobre Camoens canto 9, estancia 21, último dijo: << Hay en el Oceano algunas Islas muy propias de las delicias de Venus en amenidades y regalos, como las de Canaria>>"18.
Esta concepción de Canarias como Islas Amorosas refrendan la identificación con otras islas mágicas o divinas. Así las Hespérides (literalmente "las Occidentales") fueron unas divinidades que habitaron unas islas conocidas por sus hermosos jardines, por la fecundidad de sus tierras, por el suelo donde la diosa Hera plantó las manzanas de oro que le había regalado Gea con motivo de su matrimonio con Zeus, y por ser estas islas la sede del lecho nupcial de la divina pareja. En el mito griego brotaba delante del lecho una fuente que se comunicaba directamente con Océano. En una de las Canarias, en la isla de Gran Canaria también se dice que existían dos fuentes de tal naturaleza que el agua de la una era amarga y muy dulce la de la otra. Este recurso e imagen de las fuentes está presente en toda la literatura griega, desde las famosas fuentes troyanas del mundo épico, contrarias por el efecto de sus aguas, que nos describe Homero19 hasta la parodia que de las mismas hace Luciano20 al describirnos el paisaje de ciencia ficción en la Isla de los Sueños con las fuentes Indespertable y Todanoche.
En el tratado segundo de esta obra dedicada al renombre de Campos Elisios se trata de probar que la Antigüedad puso en las Canarias los Campos Elisios aduciendo lo siguiente:
"Llamaron a las Islas Afortunadas Elisias, no por si, sino por estar enfrente del Océano Gaditano, á donde están los Elisios Campos y el Río Letheo"21.
"... que pobló las Islas cercanas al monte Atlante, infiérese como sentir suyo, que poblaría las que hoy llamamos Elisias y Afortunadas que están en el mismo mar Atlántico"22.
En el mismo sentido, el padre de la Cerda, siguiendo a Séneca, sitúa en un mismo lugar las Islas Afortunadas y los Elisios:
"Fertiles in Occeano iacere terras, ultraque Occeanum rursus alia litora, alium nasci orbem, nec unquam naturam rerum de sinere, & c. Aspirat, inquam, nam plerique Gentilium ultra Occeanum constituunt Elysa loca, & beatas Insulas"23.
Mediante una serie de razones y sostenimientos varios Pérez del Cristo pretende establecer que la Antigüedad puso el fin del mundo en el Mar Atlántico. Característico de todas sus citas es la confrontación que realiza de un escritor griego o latino y el comentario o interpretación de un autor medieval sobre aquél. Revelador se muestra el pasaje que a continuación reproducimos:
"Dalo á entender Horacio cuando en el lib.1, carm. ode.34, Juntó estas dos palabras: Atlanteusque sinis, que Jodoco Bado Ascencio interpreta así: << & sinis, idest terminus mundi occidentem versus, scilicet Atlanteus, hoc est maris Atlantici>>. Y de aquí infiero, reputó por fin del mundo á no culaquiera parte del mar Atlántico, sino al fin de ese mismo mar Atlántico, que son las Afortunadas.
Fúndome. Lo primero, en que la parte del mar Atlántico, que es fin del mundo reputada, es la que ocupan las Islas Hespérides; luego las Islas de Canaria, porque estas son las Hespéridas de la antigüedad ... Prueba también lo mismo, el que hablando los autores del mar Atlántico, como fin del mundo, lo llaman en esa ocasión Hesperio, no por otra razón , sino por dar á entender tocaba el mar Atlántico ser fin del Orbe por la parte de las Islas Hespérides que en cierra en si ... Llama Hesperio al mar Atlántico á donde el Sol tiene su ocaso y termino, diciendo:
Pronus erat Titan, inclinatoque tenebat
Hesperium temone fretum.
Sobre las cuales palabras habla así Raphael Regio comentador de Ovidio << Hesperium fretum Atlánticum mare in quo Sol condi videtur>>"24.
El tratado tercero dedicado al renombre de Atlánticas plantea la conocida atribución a las Islas Canarias de ser los restos del legendario continente de igual nombre, además de otros eventos y circunstancias relativas a su denominación. La primera de las razones que se aducen es el estar puestas en el mar Atlántico. Y el nombre de este mar donde están ubicadas las Afortunadas lo dio el monte Atlante que mira esa parte del Océano. Este aserto, sin embargo, queda desmentido al señalar:
"Y de la equivocación de Atlante como el mar Atlántico de su nombre, nació lo que Platón dice en su Timeo, que todo el mar Atlántico era una Isla llamada Atlanta y que esta se convirtió en mar, llamado Atlántico, por la Isla Atlanta y Atlante, su Rey, cuyos huesos, dice el mismo, son en este tiempo las Islas Atlánticas de Canaria, como insinúa el P. Vasconzelos, lib.1, cap.1, de la vida del P. Joseph de Anchieta"25.
Esta referencia al padre Anchieta es significativa por cuanto que la obra objeto de estudio presenta problemas de autoría entre Pérez del Cristo y el mismo José de Anchieta, considerado como apóstol del Brasil.
Sobre el renombre de Atlánticas por estar situadas en el Océano Atlántico y porque en una de ellas se encontraba el monte Atlántico dio pie para identificar el pico Teide con el monte que la Antigüedad llamó Atlante. Junto al relato platónico de que la Isla Atlanta se convirtió en el mar Atlántico y que los huesos de Atlante formaron las Islas que hay hoy en este mar, se suma la fábula de las hijas de Atlante:
"Es asentado entre los Mytológicos, que Atlante tuvo siete hijas llamadas Electra, Halcyone, Celeno, Merope, Asterope, Teygete, Maya, ... con la cual conjetura se podría la fábula descifrar así: que fueron siete las hijas de Atlante, aludiendo a las siete Islas Afortunadas, que están en el mar Atlántico, cercanas al monte de su nombre"26.
El final del tratado tercero se cierra, tras una variada argumentación, con un párrafo que indica:
"También es de notar, que cuando Delrio comm. in Hercul. Fur. hablando de las Islas del mar, dijo: << Vel in Fortunatis, vel in Atlanticis,>> no negó ser Atlánticas las Afortunadas: quiso dar á entender, que Islas Atlánticas es término general, que se extiende á significar todas las Islas que hay en ese mar, y que Islas Afortunadas es diferencia, que contrae la generalidad de Atlánticas y con más propiedad por estar, no sólo en el mar Atlántico, sino en una de ellas el mar de este nombre"27.
El tratado cuarto retoma el renombre de Hespérides y Gorgonas concatenando el parentesco mítico de Hespero como hermano de Atlante:
"Lo que hay cierto es, que los antiguos pusieron en el Oceano Atlántico unas Islas á quienes llamaron Hespéridas. Y la razón de llamarlas así fué: porque en ellas hicieron mansión tres hijas de Hespero, llamadas Aegle, Arethusa, Hesperthusa, las cuales por hijas de Hespero se llamaron Hespérides y de estas las Islas á donde habitaron"28.
No obstante, parece imponerse el sentido común en este apartado cuando se nos indica que:
"porque es muy probable que aludiendo á uno, ú otro suceso diese la antigüedad todos esos renombres á las primeras Islas que descubrieron en el Oceano Atlántico, que parece fueron las Canarias; ... y lo demás de Hespérides y Gorgonas los irían aplicando á las demás del mar Atlántico, aunque su principio y primer origen fuese en unas"29.
Finalmente, el tratado quinto, dedicado a las descripciones antiguas y modernas de las Islas Afortunadas, realiza una división tripartita en capítulos alusivos a las imágenes y descripciones poéticas, principalmente de Virgilio (Eneida 6.638) y Horacio (Epodos, Oda 16), relatos históricos de Plutarco, Luciano, Diodoro Sículo y Salustio; y descripciones modernas, entendiendo por estas las que se escribieron después de la conquista de Castilla. Entre estas crónicas latinas figuran las de Jacobo Philippo Bergomas en 1490, la de Lucio Marineo Sículo y la de Antonio de Nebrija, de la que extremos un fragmento traducido por el propio Pérez del Cristo:
"En este tiempo, cierto hombre llamado Bethancor de nación, como dicen, Francés, va á los tutores del Rey niño y alcanza de ellos facultad de explorar aquella parte, todavía no conocida, del mar Atlántico que baña el lado occidental de África"30.
Esta pequeña incursión en una obra tan apasionante y compleja, donde las fuentes se llegan a confundir con los comentaristas e intérpretes de las mismas, donde los escritores de toda época y nación se precipitan en cascada, donde los temas se interrelacionan sin aparente lazo, donde las pruebas, razones y discernimientos que se aducen encuentran simpatizantes y detractores de toda índole, manifiesta la dependencia que mantiene la historia con respecto a la tradición mítica de origen grecolatino, máxime en esta parte del mundo, en el Océano Atlántico donde concibieron y elaboraron los más bellos y hermosos símbolos de su imaginación.
Considerado como cronista de segundo grado, Don Tomás Arias Marín de Cubas y su Historia de las siete islas de Canaria (1687 ó 1694)31 representa un peldaño más en el desarrollo de la historiografía canaria. Pese a seguir con una concepción arcaizante de la Historia, a la manera de los anales clásicos, y tomar como fuente las crónicas tradicionales canarias, especialmente la de Abreu Galindo, el valor de este trabajo es innegable, sobre todo para el mejor conocimiento de las sociedades indígenas. En Marín de Cubas está ausente toda racionalidad, sumergido, como estaba, en la tradición de una justificación finalista y religiosa de la Historia, carente de crítica efectiva alguna, sin importarle ser parcial o imparcial, sino copiar y acumular, sin elaboración propia, lo que encontraba en libros y documentos ajenos. El prefacio de la obra hace referencia a una cita archiconocida de uno de los epodos del poeta latino Horacio: "... Horacio libro epodon, id est orationibus ornatis ode 16. Nos manet occeanus, circum vagus arva beata Petamus arva divites et Insulas ..." Un epigrama de Marcial dedicado al gentil presbítero cristiano Stertinio señala: "... abrazada antorcha al occeano Athalantico guio a la ceguedad barbara de la Isla Canaria que no quedó en tinieblas por extinguir la vida de su Apostol".
En el capítulo II del libro primero se nos informa de un tratado sobre el Océano: "Galleno de Betencourt, tratado de las navegaciones de Francia en el occeano; dice que el principe Fortuna tubo el dominio destas yslas coronandole por Rey el Papa solamente para predicarles la fe; ... y esta armada llego a la ysla Gomera ... y fueron a el descubrimiento de aquellas Yslas en las costas del occeano la Lybia llamada en estos tiempos el Reyno de Bena Maryn: fue saqueada la primera de ellas Lanzarote, y tentaron y descubrieron las demás".
Peculiar es la denominación de "río dorado" para referirse al Atlántico que se recoge en el capítulo IX: "... y de otas partes de Africa, decia que por el rio dorado frontero de las Canarias se navegaba a las ricas tierras del preste Juan". También se recogen las ya conocidas imágenes de las fuentes, del árbol Garoe del Hierro, de la escasez de aguas en algunas islas que hemos visto en los autores precedentes.
En el capítulo IX del libro tercero relativo a la isla de San Brandao, que llaman la encantada se recoge la siguiente noticia que identifica a la isla del Hierro con la oceánide Doris: "Los antiguos dicen que la ninfa Doris, hija del mar Océano y de Tetis, nieta de Juno, mujer de Nereo, muy hermosa, de cabellos rubios y que es vagante, ocultándose y descubriéndose por el Océano, de la cual dicen muchos poetas. Sabellico dice:
Insula quam Dorim infusan lateque vagantem.
Y Mantuano la llama la húmeda Doris, por los vapores o nieblas de que se componía. Michaelo Angelo dice que Doris no se desbarata en lluvia:
Nedifflua Doris telluri diffundat aquas.
Aunque los antiguos concedían encantados y tierras encantadas, en lo aparente y formal veían ser vapores mediante los cuales el demonio les hacía engaños aparentes".
El siglo XVIII y la Ilustración cuentan en Canarias con una historia regional que frente a las tantas que se escribieron en la centuria pasada se aleja de la erudición acumulativa y constituye un todo armónico; nos referimos a Noticias de la Historia General de las Islas Canarias (1772-1782)32 de José de Viera y Clavijo. Esta obra se ha convertido en una herramienta insustituible para los profesionales de la historia insular, además de fuente donde acudir para saciar la curiosidad de cuantos muestran el menor interés por conocer aspectos de la vida de nuestro pasado.
El libro primero se abre con la pertenencia de las islas al continente africano y al mar que lo baña: "Ellas están en el océano magno Atlántico, en frente de la Mauritania tingitana, provincia de Biledulgerida, entre los cabos Guer y Bojador". El capítulo VI, dedicado a las denominaciones de Campos Elíseos y Afortunadas, indirectamente nos describe la condición de Océano: "... colocadas fuera del común término de la tierra conocida en los siglos de fenicios, cartaginenses, griegos y romanos". Sirviéndose de una cita de Homero, concretamente del libro cuarto de la Odisea manifiesta: "... que los dioses le enviarían a los Campos Elíseos, que están en lo último de la tierra, donde Radamanto da la ley y pasan los hombres una vida dulce y tranquila, sin experimentar nieves ni inviernos rígidos ni lluvias, sino un perenne aire fresco, nacido de las respiraciones de los céfiros que el océano exhala". La duda racionalista de Viera queda patente cuando indica: "Que éstas fuesen islas del océano es otra tradición inconcusa ... ¿Sabría Horacio si los Elíseos pasaban por islas del océano? ... <<El Océano que circunrodea los campos bienaventurados es lo que nos resta todavía; marchemos a ellos y a las islas colmadas de riqueza>>".
En el capítulo XIV se plantea el nombre de Atlánticas para estas islas y el de Atlántico para el mar que las baña. En el cuarto discernimiento se lee: "... que el renombre de Atlántida que tuvo la isla platónica, y de Atlánticas que tuvieron las Afortunadas con toda esta parte del mar Océano, se derivó del monte Atlante de Mauritania, que dio crédito a sus contornos".
El capítulo 90 del libro XV titulado significativamente Resumen General de las Canarias nos propone la descripción del escudo que se dibuja en la bandera de nuestra Comunidad Autónoma Canaria: "Las antiguas Afortunadas (las Canarias) son reino. Su escudo de armas representan en siete peñas sobre ondas azules las siete islas, con corona real, y en el jefe unas letras de oro que dicen <<Océano>>".
El siglo XIX se abre con un eslabón más que añadir a esta larga serie de tratados y compendios históricos que nos ofrecen el más apasionante y variopinto desfile de testimonios, mentiras y verdades, cuando no verdades a medias, fantasías y exageraciones que dan a nuestra historia esos fuertes tonos coloristas que van desde lo romántico hasta lo surrealista; nos referimos a la obra de Bory de Saint-Vincent titulada Ensayos sobre las Islas Afortunadas y la antigua Atlántida o Compendio de la Historia General del Archipiélago Canario (1803)33. La primera mención indirecta al Océano se produce en el capítulo tercero, en la parte referida a la Donación de las Islas del Océano a Luis de la Cerda: "El papa Clemente VI tenía entonces su corte en Aviñón. Habiendo encontrado Luis de la Cerda el medio de que el rey de Francia le confiara una embajada, se traslada en 1344 ante el Santo Padre y le pide lo que desde mucho tiempo antes deseaba con tanto ardor. Lo hace tan bien, por su elocuencia y sumisión a la sede apostólica, que el papa Clemente VI, con objeto de hacer llegar el nombre de la iglesia hasta los límites del universo y sin hacerse rogar mucho, en un consistorio tenido a este efecto erige a las Islas Afortunadas en un reino feudatario de la Santa Sede, invistiendo al demandante y aconsejando a todos los príncipes cristianos que ayudasen a Luis de la Cerda en las empresas que éste intentara para conquistar su imperio". No obstante, el tratamiento clásico de la historia de las islas desde la Antigüedad aparece al final del libro, concretamente en el capítulo VI, en la sección titulada Si las Islas Afortunadas y los Campos Elíseos es lo mismo: "Los hombres suspiran sin cesar después del descanso y la felicidad. Esta última, término de todas sus gestiones, es tan difícil de alcanzar que la antigüedad, ingeniosa en alegorías, tenía que representarla lejos de nosotros y rodeada de barreras infranqueables. Al adoptar el dogma de una nueva vida después de la muerte, era natural que se situara la estancia de los justos en un clima afortunado, aunque rodeada de peligros y escollos, a imagen de los que colmaron nuestra corta carrera. El océano Atlántico estaba considerado lleno de bajos fondos e innavegable. Las Islas Afortunadas se colocaron en medio de ese mar tormentoso. Más allá solamente existía el lugar donde terminaba el día y donde la bóveda del cielo se apoyaba en el globo, descendiendo hacia él; era imposible, pues, que no supusieran en ellas a las almas bienaventuradas; y algunos eruditos creen que los Campos Elíseos y las Islas Afortunadas eran consideradas por los antiguos como una misma cosa". Apoyándose en el pasaje plutarquiano de la Vida de Sertorio, se aduce: "... por la frescura de los rocíos y de los vientos del océano, que moderan el calor del verano, no puede haber nadie, incluidos los bárbaros, que no tenga la firme creencia de que allí están los hermosos Campos Elíseos y la morada de las almas felices que el poeta Homero celebró tanto". Se cierran así las alusiones a la figura de Océano en esta obra del oficial francés Bory de Saint-Vincent, quien dijo que escribir sobre Canarias entraña graves y grandes riesgos, ya que lo mucho publicado es "una mezcla de aventuras, exageraciones ridículas o burdos errores".
La obra más sobresaliente producida en el siglo XIX dentro de la historiografía canaria es, según muchos, la Etnografía y Anales de la Conquista de las Islas Canarias (1842)34 de Sabino Berthelot. La primera parte del libro indica: "... la irrupción de los bárbaros se había detenido ante las olas de un Océano que se creía sin límites ... hombres guiados por el fanatismo y la rapiña, se arrojaron al Océano para adquirir noticias de nuevos países; ... Fue de Lisboa, dice, de donde salieron estos navegantes al tiempo de su expedición, teniendo por objeto saber lo que encerraba el Océano y cuales eran sus límites". La designación de <isla del Océano> no hace referencia siempre a las islas Canarias, como se observa en la p.19: "Antes del descubrimiento de las Islas de Corvo y Flores en 1449, el nombre de Corvos marinos, se hallaba inscrito en los mapas venecianos, y designaba una isla del Océano. En el atlas de Andrea Bianco (1436) se encuentra entre las Azores una isla Ornithonyma: (Isola di Columbi) que no es la de Ebn-al-Ouadi. Bordone, en su Isolario, menciona una isla de grajos que coloca en las cercanías de las Canarias. Aplicando estos distintos nombres a ciertas islas de los Archipiélagos Atlánticos que fueron descubiertas o vueltas a encontrar sucesivamente por los navegantes europeos en el transcurso de los siglos XIV y XV, algunos comentadores han creído que el grupo de las Azores (Insuloe Accipitrum) no era otra cosa sino la traducción portuguesa de la isla de Raca o de los Pájaros de Edrisi (Dgezirat-el-Thouiour); mas la indicación del geógrafo árabe, señalando esta isla al lado de la de los carneros o de las ovejas (Dgezirat Alghanam) nos ha parecido bastante explícita para poder aplicar esta denominación a la isla de Porto-Santo".
Sobre el conocimiento de Canarias antes de la Conquista y su situación en en el mítico Océano resulta ilustrativo el siguiente fragmento que reproducimos a continuación: "Si debemos atenernos a las observaciones de M.J. Tastu, sobre la fecha del atlás Catalán, queda probado que en 1375, se tenían ya datos bastante exactos, sobre la situación de las Canarias. La expresión de la segunda leyenda, señalando estas islas en el Océano del lado de la mano izquierda nos enseña desde luego, uno de los Archipiélagos situados sobre la costa occidental del Africa, relativamente a la posición del navegante, lanzado en el Mar grande, a su salida del Mediterráneo; y estas palabras <<cerca del límite de Occidente, sin alejarse mucho en la mar>> significa que se las colocaba entonces hacia el oeste, según los conocimientos de la época, y que se hallaban bastante aproximadas a la costa adyacente".
Si la obra anterior constituía la alfa de la producción histórica de la segunda patria de Sabino Berthelot, las Antigüedades Canarias (1879)35 suponen la omega de tan ilustre obra; aparecida en París un año antes de la muerte de su autor, representa un hito en el conocimiento del pasado canario. Comienza esta pieza con unas nociones preliminares donde se pasa revista, con gran sentido crítico, a las noticias antiguas sobre la figura de Océano: "El Océano, parecido a un gran río, rodea el disco de esta tierra homérica, cuyo círculo está dividido por el Ponto Euxino, el mar Egeo y las dos partes del Mediterráneo Oriental y Occidental a las que Anaximandro llamó más tarde Europa y Asia. El occidente de este singular mapa-mundi no pertenece a un mundo real; ... y cerca de la entrada del Océano la región de los desdichados Cimerios, que vivían en tinieblas ... La descripción de todas estas regiones, embellecida por los colores de una poesía armónica, pudo influir en la marcha de la geografía ... Así vemos, algunos siglos después, a los griegos persuadidos de haber encontrado su Circe en las orillas de Tartesos, y a los geógrafos romanos reconocer los Campos Elíseos en estas islas atlánticas a las que dieron el nombre de Afortunadas ..."
La leyenda de Atlas toma también aquí carta de naturaleza (Sección II de las Nociones preliminares) y con ella la posibilidad de múltiples visitantes: "... Atlas, soberano de esta vasta región africana a la que llamó después Mauritania, da su nombre a la cadena de montañas que recorre su imperio, a la parte del Océano que la baña y a la antigua tierra donde había venido. Los mitólogos lo casan con Hespérides, y las siete hijas que nacen de esta unión son llamadas indistintamente Atlántidas o Hespérides, denominaciones que por alusión se aplica a las Afortunadas ... estas islas Afortunadas, que se decía situadas al extremo del mundo, fueron visitadas, sin duda, muchas veces en estas exploraciones".
Berthelot señala cómo la corografía histórica quedó largo tiempo en el depósito común de todas las tradiciones populares (parte tercera): "<<La vanidad de los hombres, como se ha dicho, creó monumentos imaginarios; la ignorancia imaginó zonas ardientes, abismos sin fondo y ríos sin límites. Lo que no podía explicarse fue atribuido a lo sobrenatural>> ... y la tierra estaba considerada como un gran disco que el Océano rodeaba por todas partes".
También como apoyo a tal consideración figura la referencia al repetido capítulo del general Sertorio (parte cuarta): "El senado, que lo había proscrito, envió contra él una flota potente, y el pretor romano rebelado se hizo a la mar con la suya para combatirla, pero la tormenta que dispersó sus naves, le forzó a refugiarse en unas pequeñas islas del Océano".
La parte sexta de las nociones preliminares nos informa de que el florentino Angelino de Tegghia sale de Lisboa el 17 de diciembre de 1341 para visitar las Canarias de insulis reliquis ultra Hispaniam in Oceano noviter repertis. Igualmente se nos indica que Juan Bethencourt en 1402 "avanzó sobre el mar océano para informarse acerca de los nuevos países". Estas noticias que manifiestan una ávida curiosidad por las tierras de este lado del Atlántico se completan con el análisis que realiza Berthelot de la obra de Chil y Naranjo del que indica: "La Tierra y el Océano, los Campos Elíseos y la leyenda cristiana forman los últimos capítulos del segundo libro, en el que Homero ocupa una buena parte".
El vasto Océano, con sus islas como prolongación de la cadena del Atlas, se presenta en la segunda parte del libro como barrera natural frente a pueblos de diversa naturaleza. Así, analizando a uno de los historiadores españoles más competentes, Fernández Guerra, y en alusión a la expansión de los antiguos íberos, se dice: "<<Solamente el Océano, añade, pudo parar y oponerse como un dique a las invasiones de este pueblo audaz y aventurero".
Finalmente, la parte tercera, dedicada a los idiomas y escritura en general, recoge un fragmento que relaciona la lengua de los guanches con la de otros pueblos norteafricanos que se extienden hasta el Océano Atlántico: "Nuestra búsqueda ha demostrado por otro lado que el dialecto de los guanches de Tenerife se relaciona con la lengua bereber que, a pesar de sus numerosas variantes, fue común a todas las poblaciones de la gran familia africana, y cuyas ramificaciones se extendieron desde los desiertos de Egipto hasta el Océano Atlántico".
Las postrimerías del siglo XIX se cierran con la Historia General de las Islas Canarias (1893-1895)36 de Agustín Millares Torres, cuyo libro II está dedicado precisamente a la Edad Antigua. Los razonamientos que se discuten sobre la figura de Océano en este capítulo tienen una actualidad impresionante, hasta tal punto que podemos hacer nuestras las palabras del insigne historiador cuando dice: "... la idea de un paraíso donde las almas alcanzaban una eterna bienandanza constituyó la base de todas las religiones que, desde Brachma a Numa subyugaron al mundo antiguo. Para demostrar con más eficacia la realidad y la existencia de aquel paraíso, oculto a las miradas de todos los mortales, se aceptó sin dificultad la hipótesis de que esta región ocupaba los últimos límites de la tierra entonces conocida y que para llegar a ella se interponía un río caudaloso, rodeado de innumerables peligros, pasado el cual se penetraba en el recinto sagrado de las almas, donde se hallaban reunidos todos los goces que puede soñar nuestra humana naturaleza. Fácil fue con el transcurso de las edades convertir ese río en mar y ese mar en proceloso Océano que se extendía allende las Columnas de Hércules, golfo oscuro, espantoso y preñado de horribles tempestades que nave alguna se atrevía a surcar. Relaciones de desconocido origen, rumores de extraviados navegantes, aventuras de viajeros sin nombre formaron un tejido de fantásticas leyendas que vino al fin a tomar cuerpo y verdadera forma en las islas que se levantaban en frente de las costas occidentales de la antigua Libia, bañadas por un mar siempre en calma, entoldadas por un cielo azul y cubiertas de una vegetación tropical donde se disfrutaba en todas las estaciones de una primavera eterna".
Sigue la versión romanizada del mito platónico de la Atlántida y del castigo de Júpiter haciendo desaparecer la isla en las profundidades del Océano. También da cuenta de que los estruscos y pelasgos de Italia después de ejercer la piratería en el Mediterráneo se lanzaron al Océano llegando a fundar colonias en una isla cuyo nombre ha permanecido oculto a todas las investigaciones. Diodoro, después de escribir las bellezas sobrenaturales de una isla que se alzaba en el Atlántico, se expresa del siguiente modo:"Investigando los fenicios las regiones situadas más allá del estrecho y costeando las playas de Libia, fueron lanzados por la fuerza de los vientos a gran distancia en el Océano y después, combatidos por las tempestades durante muchos días, aportaron a una isla distante largas jornadas del continente, en dirección hacia donde se pone el sol".
A continuación figuran las ya clásicas citas del viaje de Hannón, los testimonios de Sertorio y Juba y la noticia de Lucio Floro que nos afirma que aquel general aportó a las Canarias cuando dice "que había penetrado hasta las Islas Afortunadas al tiempo de emprender navegaciones por el Océano".
El libro tercero está dedicado a la Edad Media. Millares Torres señala desde el comienzo: "Para no omitir noticia alguna que con las Islas Canarias se relacione, aún cuando ningún dato podamos añadir a lo que antes hemos mencionado, vamos a seguir cronológicamente apuntando las escasas y a veces contradictorias notas que en las indigestas compilaciones de la Edad Media se ofrecen a nuestro estudio, reanudando de este modo en medio de esta oscura noche los rotos eslabones de la cadena histórica". Por lo que al Océano se refiere, la primera referencia muestra a Julio Honorio (s.VI) con su tratado de Cosmografía que indica: "El río Malda nace enfrente de las islas Afortunadas, circuyendo la extremidad de Mauritania divide los Bárbaros de los Vacuates y va a desaguar por aquella parte del Océano que llaman Columnas de Hércules".
La leyenda cristiana hace acto de presencia con el monje San Brendán, llamado también Brandán, Brandón, Brandenes y Borondón, que vivía en el siglo VI en la abadía de Cluainfort en Irlanda. Refiérese que, en una visita hecha por San Barindo a San Brandán, aquél había referido a éste las maravillas que Dios le revelara en el Océano cuando, acompañado del monje Mernoe, se dirigió a una embarcación ligera hacia el oriente en demanda de la isla de la promisión de los Bienaventurados.
La historiografía canaria, como hemos comprobado, dedica en la mayoría de sus obras unos capítulos referidos a los antecedentes míticos de origen grecolatino del Archipiélago. En este breve ensayo hemos pretendido fijar la dependencia histórica del mito de Océano analizando el fenómeno de la "oceanización" y su repercusión en el ámbito insular.
1. A Océano se le considera padre de todos los ríos y entre sus hijos figuran el Nilo, el Alfeo, el Haliacmón, el Escamandro, etc., llegando a engendrar con Tetis más de tres mil. En este sentido es significativa la noticia que nos proporciona Diodoro Sículo sobre el antiguo nombre del río Nilo como "Okeanós". Igualmente la potencia generadora del dios se manifiesta en sus hijas las Oceánides, personificación de fuentes y arroyos en número superior a la cuarentena.
2. Junto con el calificativo de apsórroos "que refluye" se documentan otros adjetivos como palímporos "que regresa sobre sus pasos" y atérmon "sin término", todos ellos alusivos a que las aguas de Océano dan la vuelta al mundo y regresan a su punto de partida, de tal manera que el río se nutre fundamentalmente de sus propias aguas.
3. Se suele relacionar conceptualmente el término Océano con el vocablo hetita "uginna" que significa "círculo" y con la voz sánscrita "a-çáyana-h" cuya significación es la de "lo que rodea o circunda". A pesar de que la noción de Océano como un río original y universal no tiene carácter indoeuropeo, la falta de una etimología para este término no debe descartar su posible designación en griego como aduce P. Chantraine en su Dictionnaire Etymologique de la langue grecque. Histoire des mots, París 1968-1980, p.1299. Por otro lado, la existencia de formas paralelas como "Ogenós", presente en los fragmentos de la cosmografía de Ferécides y en la narración mitológica de Orígenes, donde se menciona una región con tal denominación, hace que lexicógrafos como Hesiquio identifiquen con Océano esta amplia y vasta extensión y le confieran un carácter arcaico y primitivo (Ogénios=palaión).
4. Este poder regenerador de las aguas oceánicas queda patente, por ejemplo, en el mejunje que prepara Medea para devolver la vida y la juventud a Esón, brevaje compuesto fundamentalmente por unos granos de arena lavados en las aguas de Océano.
5. Cf. M. Martínez, Canarias en la Mitología. Historia mítica del Archipiélago, Santa Cruz de Tenerife 1992, p.34. Un ejemplo de oceanización para el investigador lagunero sería la leyenda de que las cigüeñas traen los niños a sus padres. Remontándose a un pasaje de la Historia de los Animales (3.23) de Claudio Eliano donde se dice de las cigüeñas que "cuando llegan a la vejez pasan a las islas del Océano, en donde cambian su forma propia por la de hombres y esto se considera un premio a su piadoso comportamiento con los progenitores", señala que en las creencias griegas y de otros pueblos primitivos los lugares donde van las almas de los muertos se ubican en islas situadas en el lejano oeste donde también residen las almas de los recien nacidos. Estas últimas son llevadas en barco pero en sentido inverso a las que traen las almas de los difuntos. En consecuencia, no es de extrañar que viviendo en estas mismas islas las cigüeñas fueran éstas las encargadas de transportar a los recien nacidos hasta sus padres.
6. Cf. la edición con traducción del italiano, con introducción y notas por Alejandro Cioranescu, Santa Cruz de Tenerife, 1978.
7. Op.cit., p.XLII.
8. Cf. la edición de Rosa María Alonso, 2 vols., Islas Canarias, 1991.
Cf. la edición crítica con introducción, notas e índice por Alejandro Cioranescu, Santa Cruz de Tenerife, 1977.
El ejemplar consultado por nosotros es una reproducción de principios del siglo XX fechado en la imprenta de La Laguna en 1906. Tres ejemplares más se encuentran en la Biblioteca del Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria donde figura el original de 1679 y otras dos reimpresiones pertenecientes al siglo XVIII. Las ediciones cotejadas en sucesivas catas en nada difieren en cuanto al contenido, variando sólo el tipo de letra impresa.
Op. cit. p.19.
Op. cit., p.22.
Op. cit., p.24.
Op. cit., pp.26-29.
Op. cit., p.35.
Op. cit., p.39.
Op. cit., p.42.
Op. cit., p.46.
Cf. Ilíada 22.147 y ss.: "Y llegaron a los dos cristalinos manantiales que son las fuentes del Janto voraginoso. El primero tiene el agua caliente y lo cubre el humo como si hubiera allí un fuego abrasador; el agua que del segundo brota es en el verano como el granizo, la fría nieve o el hielo".
. Cf. Historias Verdaderas, lib. II, cap.32-34.
Op. cit., p.56.
Op. cit., p.64.
Op. cit., p.68.
Op. cit., pp.78 y 79.
Op. cit., p.91.
Op. cit., pp.103-104.
Op. cit., p.109.
Op. cit., p.110.
Op. cit., p.115.
Op. cit., p.147.
Cf. la edición de Ángel de Juan Casañas y María Régulo Rodríguez, Las Palmas de Gran Canaria, 1986.
Cf. la edición con introducción y notas de Alejandro Cioranescu, con índice onomástico y de materias por Marcos G. Martínez, Santa Cruz de Tenerife, 1982; también debe consultarse la edición de Antonio Béthencourt Massieu, Islas Canarias, 1991.
Cf. la edición con la traducción de José A. Delgado Luis, con un apéndice de voces canarias por Juan Álvarez Delgado, La Orotava, 1988.
Cf. la edición con la traducción de Juan Arturo Malibran, Santa Cruz de Tenerife, 1978.
Cf. la edición al cuidado de Antonio Concepción Pérez, con la traducción del francés por Helena García Cano, Santa Cruz de Tenerife, 1980.
Cf. la edición publicada en la misma fecha en Las Palmas de Gran Canaria por el propio autor.