LITERATURA ATLÁNTICA: CANARIAS Y AMÉRICA

 

 

Juan-Manuel García Ramos

 

 

Desde hace algunos años me he venido preocupando y ocupando por deslindar una provincia fronteriza de la historia de la literatura hispanoamericana y de la historia de la literatura de las Islas Canarias. Del resultado de mis indagaciones he dado cuenta en abundantes apariciones públicas, tanto en estas islas nuestras como en foros madrileños o venezolanos, en algunos ensayos aparecidos en revistas nacionales e internacionales y en un libro recién terminado que lo considero la primera entrega de un gran proyecto donde se ha de inventariar con extensión y rigor ese capítulo compartido por Canarias y América en cuanto a los lenguajes de la imaginación creadora se refiere.

En el origen de este quehacer quizá estén algunas lecturas, algunos hechos y algunos protagonistas de entre los que no puedo dejar de mencionar la magna obra sobre el Atlántico de mi admirado Antonio Rumeu de Armas, una novela del escritor y diplomático argentino Abel Posse y otras anteriores y posteriores del cubano Antonio Benítez Rojo o del paraguayo Augusto Roa Bastos, y trayectorias vitales y profesionales tan apasionantes como las del padre José de Anchieta, Josefina Plá, Mercedes Pinto, Nivaria Tejera o José Antonio Rial. De tdodo ello, y en síntesis forzosa por razones, les hablo a continuación.

Aunque antes de empezar, permítanme un apunte. Al margen de lo anterior, me ha llamado la atención que durante la apertura, el pasado lunes en Las Palmas, del "IV Coloquio de Historia de las Islas del Atlántico", el presidente de la Fundación Mapfre-Guanarteme, mi querido amigo Fernando Arencibia, patrocinador del encuentro, nos haya recomendado a todos los participantes en el mismo "huir de la fantasía porque, si no, [la historia] se convierte en novela".

Quizá no ha reparado mi amigo en que "toda gran obra de arte [toda novela, por tanto] contiene una nueva experiencia de la realidad y una nueva forma de conquista de la realidad", como ha señalado con tanto acierto el crítico alemán Günter Blöcker.

Si la historia nos abre el vastísimo horizonte de la humanidad en todas sus dimensiones, nunca podrá prescindir de las interpretaciones de la literatura. ¿Qué obra nos proporciona con mayor nitidez la imagen de la España del siglo XVII que El Quijote? ¿Quién nos ha hablado con mayor propiedad de la América Hispana que no sea Gabriel García Márquez en sus conocidos Cien años de soledad ?

En la novela Antes de Adán, del norteamericano Jack London, el protagonista, un hombre del siglo XX, tiene continuos sueños sobre sus antecesores, que se remontan al periodo Cuaternario [ de la era Cenozoica], a un momento en que el hombre aún se encuentra en formación.

"¡Imágenes! ¡Imágenes! ¡Imágenes! -exclama angustiado el personaje de London-. Muy a menudo, antes de averiguarlo, me he preguntado de dónde vendría la multitud de escenas animadas que poblaban en tropel mis ensueños; porque en la vida real no había visto nunca nada semejante..."

Sostiene el lingüista e ideólogo norteamericano Noam Chomsky que los niños no aprenden su lengua materna, pues ya está inscrita en su biología, es innata a su ser: "Los niños saben hablar como saben ver, o como el pájaro sabe volar". El adulto no hace más que estimular al niño; orientarlo hacia una determinada lengua, en el marco obligatorio de la gramática universal.

Poseemos una memoria genética que no nos deja surgir de la nada. Una memoria repleta, según Jung, de "imágenes primordiales de carácter universal". Desde que nacemos reside en nosotros un patrimonio referencial heredado.

Somos, al fin, hijos de la medianoche de los tiempos, del origen del hombre y de su proyección en el más allá. Somos y fueron nuestros antecesores. Supieron de la vida de los que los precedieron, vivieron su vida y dejaron testimonios de sus anhelos y de sus sueños más frecuentes.

Entre esos sueños se hallaba la Canarias habitada hoy por nosotros y "nuestra América", para decirlo con la bella expresión de José Martí, dueño de la acción y de la palabra de sus agitados tiempos.

No una Canarias ni una América en sus versiones actuales de legalidad geográfica, sino como remotas posibilidades, como imágenes inacabadas y proteicas. Sueños premonitorios.

Si pensamos en las raíces lingüísticas líbico-bereberes de la lengua hablada por los aborígenes canarios, si pensamos en las conexiones de los antiguos pobladores de la Cueva Pintada de Gáldar, en Gran Canaria, con las culturas cicládicas y de la Grecia arcaica -comprobadas a través de las venus, los esquematismos geométricos y los vasos troncocónicos con asas cuadrangulares de los restos de cerámica descubiertos, a través de los dibujos en espigas y en zig-zag, en damero o en triángulo, de los sellos de arcilla o pintaderas hallados en ese yacimiento del norte de Gran Canaria-, si pensamos además en nuestra permeabilidad desde el siglo XV para incorporarnos a la cultura europea -mediante periodos como la Ilustración de Viera y Clavijo; las corrientes científicas de fines del siglo XIX defendidas por publicaciones periódicas como la "Revista de Canarias", la "Ilustración de Canarias" o el "Museo Canario"; o lo que supuso, dentro de los seísmos vanguardistas, la experiencia de "Gaceta de Arte"-, o seguimos pensando en nuestras vecindades sociales, económicas, culturales y políticas con el continente americano; si hacemos ese recorrido no demasiado costoso, podemos concluir fácilmente que la catalogación de la cultura canaria como una más de las culturas de encrucijada del mundo no es nada inexacto.

En ese sentido, caben múltiples reflexiones sobre esa tendencia nuestra, de nuestros antepasados remotos o cercanos, a apropiarnos, a dialogar, con la cultura del "otro".

En las páginas siguientes nos referiremos a una parte de esa conversación permanente. Me refiero al diálogo canario-americano.

Entre Canarias y América se han dado curiosas circunstancias. He hablado en otro lugar de cómo fuimos -canarios y americanos- confundidos por la mitología, primero, y hasta por la historia y la política, posteriormente.

Para griegos y latinos, todo lo que se encontraba al otro lado de las Columnas de Hércules era un mismo enigma. Y así soñaron con su desciframiento.

En primer lugar lo hizo Homero (siglos IX-VIII a. C.) en su Odisea y situó en ese ámbito insondable sus Campos Elíseos para que Menelao fuera allí a descansar: "... te enviarán a los Campos Elíseos, al extremo de la tierra, donde está el rubio Radamantis. Allí la vida de los hombres es más cómoda, no hay nevadas y el invierno no es largo; tampoco hay lluvias, sino que Océano deja siempre paso a los soplos de Céfiro que sopla sonoramente para refrescar a los hombres" (Odisea, IV, 561-569).

Luego fue Hesiodo (siglo VIII a. C.), en su poema Los trabajos y los días, el que nos habló de las Islas de los Bienaventurados o de los Afortunados: "Estos viven con un corazón exento de dolores en las Islas de los Afortunados, junto al Océano de profundas corrientes, héroes felices a los que el campo fértil les produce frutos que germinan tres veces al año, dulces como la miel..." (Los trabajos y los días, 167-173).

También Hesiodo, en otra obra, en su Teogonía, la más antigua exposición de conjunto de las leyendas mitológicas, se referirá a "las Hespérides, que más allá del ínclito Océano se ocupan de las hermosas manzanas de oro y de los árboles que producen fruto".

Más tarde, Platón (siglos V-IV a. C.) erigirá en sus diálogos Timeo y Critias la leyenda de la Atlántida: "Había una isla delante de este lugar que llamáis vosotros las Columnas de Hércules. Esta isla era mayor que la Libia y el Asia unidas. Y los viajeros de aquellos tiempos podían pasar de esta isla a las demás islas y desde estas islas podían ganar todo el continente, en la costa opuesta de este mar que merecía realmente su nombre... en esta isla Atlántida, unos reyes habían formado un imperio grande y maravilloso..." (Timeo, 24d-25e).

Muchos autores excavaron en esas originales fantasmagorías y espejismos y, a medida que la ciencia náutica progresó, fueron acomodando las meras palabras, los simples presagios, a las cosas de la realidad. En esa dinámica, la precisión descriptiva acercó paulatinamente el mito a la certeza, como tenemos oportunidad de comprobar en un pasaje de las Etimologías de Isidoro de Sevilla (siglo VII d.C.) sobre las Islas Afortunadas y su relación con Canarias: "Las Islas Afortunadas nos están indicando, con sus nombres, que producen toda clase de bienes; es como si se las considerara felices y dichosas por la abundancia de sus frutos... Están situadas en el océano, en frente y a la izquierda de Mauritania, cercanas al occidente de la misma, y separadas ambas por el mar" (Etimologías, XIV, 6, 8-10).

Ocho siglos más tarde, las descripciones de Isidoro de Sevilla las retomará Colón en su Relación del Tercer Viaje (1498): "Algunos gentiles quisieron dezir por argumentos, que él (el Paraíso) era en las islas Fortunate, que son las Canarias".

Estupor nos producen las coincidencias simbólicas de textos religiosos como el Popol Vuh de los mayas quichés de Guatemala y el Génesis del Antiguo Testamento de los cristianos, y estupor nos provoca, en otro sentido, la reiterada vecindad fonética y semática de voces griegas como "theou kalia", "cabaña de dios", y "pótamos", "río", y la azteca "teocalli", "casa de los dioses", y el sustantivo "potomac", "río", localizado en territorios de Bolivia.

¿Gramática universal, según nos podría señalar el lingüista e ideólogo norteamericano Noam Chomsky, o encuentros e influencias remotas entre ambas civilizaciones, como sostiene Platón?

Desde siempre hemos necesitado mundos de ilusión para descubrir, con mayor margen, los rasgos del mundo real en el que creemos habitar. La mera realidad nos volvería locos; hemos de pensarnos constantemente más acá y más allá de nosotros mismos y eso hicieron los vecinos del Egeo, del mar Jónico o del Adriático. Y en sus arquitecturas oníricas descubrieron los celajes y los reverberos de nuestras islas y de la América posterior y los confundieron en sus imaginaciones.

Canarias y América constituyeron una sola abstracción que tardó muchos siglos en ser escindida, diferenciada.

El Verbo hizo posible el mundo, según el Evangelista, y el Verbo, en este caso, eran Las Indias, cuya Historia relatara con prontitud el inconformista dominico Fray Bartolomé de las Casas, y en la que se verá en la obligación de incorporar cinco capítulos dedicados al Archipiélago Canario, como espacio adherido al concepto de lo indiano en la terminología de la época. Para Las Casas, las injusticias cometidas por los españoles contra los indios de América en nada se diferencian de las perpetradas contra los guanches de Canarias. Su discurso vehemente y comprometido también nos unimisma, como antes nos había unimismado el mito, en el trato sufrido por nuestras comunidades autóctonas.

La Monarquía Universal Española de Felipe II (desde 1556 a 1598) estaba constituida por las Españas (conjunto de reinos peninsulares) y las Indias (los territorios extrapeninsulares del Atlántico y el Pacífico). Canarios y americanos fuimos, desde esa mentalidad, Las Indias para el hombre del Renacimiento. Una idea indivisa, un territorio común, vago e inapresable .

Hay testimonios de sobra de esta equívoca identidad. En pleno Renacimiento, tuvo lugar uno de los pasajes más hermosos de la historia de Canarias, referido a la cesión, por parte de los Reyes Católicos, de uno de los menceyes de la recién conquistada isla de Tenerife al Dux de Venecia, a través de su embajador en España, Francesco Capello. Esa donación tendrá lugar en Almazán, en Soria, sede de la corte española en el año 1496. El mencey llegado desde Canarias partirá para Venecia acompañado de Capello, tras deambular durante meses por Burgos, Zaragoza, Barcelona, Valencia y Túnez. Una vez en la floreciente república del mar Adriático será admirado con asombro por su apostura, su lengua arcana y sus costumbres desconocidas. El Senado veneciano y los ministros del Consejo de Tierrafirme toman acuerdos con respecto a la suerte futura del exótico monarca y asientan en sus libros de actas dichas decisiones con este comienzo que puede darnos una idea muy aproximada de cómo eran concebidas las Canarias desde el continente europeo: "El serenísimo rey de España entregó al caballero señor Francesco Capello, nuestro embajador cerca de Su Majestad, al rey de Canarias, apresado en Las Indias".

Las Indias seguían siendo todavía en 1497 todo el espacio exterior a las Columnas de Hércules; hemos de pensar que hasta 1634, fecha en que el cardenal Richelieu convoca a los cosmógrafos, el meridiano cero, fijado por Ptolomeo en la isla de El Hierro, permanece como referencia para la cartografía francesa y española. En El Hierro se situaba el confín de la tierra conocida, después de la cual venía el mar tenebroso; quizá en estos años, menos tenebroso, pero no por ello menos "mar de dudas", mar sin cartografiar.

Los límites inexplorados facilitaban la confusión de Canarias con América y ni la maquinaria racionalista del Humanismo italiano parecía capaz de poner las cosas en su sitio. La Venecia que nos relaciona con Las Indias de entonces es la del gran emporio comercial entre Oriente y Occidente, cuna del saber, de las artes, las letras y las ciencias más prestigiosas de ese fin de siglo. Pero esa dislocación de los espacios oceánicos no debe ser atribuida solo a los venecianos o a otros pueblos ajenos a los verdaderos protagonistas de esas expansiones atlánticas. Alejandro Cioranescu al estudiar las relaciones de Colón con Canarias, nos habla de confusiones mucho más trascendentales: "Y también es conocida la frase del testamento de doña Isabel la Católica, en que señala que "las islas e tierra firme del Mar Océano e islas de Canaria fueron descubiertas e conquistadas a costa de estos mis reinos e con los naturales dellos", juntando tan íntimamente estas nociones que resulta difícil decir si la reina pensaba en dos cosas distintas pero análogas, o en una sola cosa, como puede ser que le haya parecido la prolongación transoceánica de las conquistas castellanas.

También parece posible que alguno de los primeros descubridores, e incluso el mismo Cristóbal Colón, haya dado el nombre de Canarias a ciertas tierras nuevamente descubiertas, pero que se consideraban en cierto modo como unas regiones periféricas del archipiélago canario"

La confusión de espacios y denominaciones entre lo canario y lo americano se dilató tanto en el tiempo que el ingeniero cremonés Leonardo Torriani, llegado a las islas en 1587 con el encargo de Felipe II de informar sobre las fortificaciones del Archipiélago, dejó escrito en una Descripción e Historia del reino de las Islas Canarias, obra donde recoge las impresiones de su estancia insular de casi seis años, una versión muy curiosa de lo que él denominó "De la isla Antilia o de San Borondón que no se halla":

Nadie duda que por este gran mar Océano se hallan todavía más islas desconocidas, que hasta ahora no se han encontrado, por no hallarse recorrido por todas sus partes. En efecto, la navegación que de España, de Francia y de Inglaterra se hace a las Indias, solo pasa por algunas partes determinadas; de modo que no se pueden descubrir todas las islas y tierras que se ocultan en la soledad de las partes más secretas y menos hospitalarias de este vastísimo mar; islas que fueron ya anunciadas por el famoso Séneca en su tragedia de Medea.

... la gloria del descubrimiento de esta isla Antilia se atribuye a los cartagineses... Según las más seguras observaciones, esta isla tiene 264 millas de largo y 93 de ancho. Se extiende de sur a norte, y termina casi en 34 grados de latitud hacia norte, y en 29 con 17 en su parte austral. Su longitud, desde el meridiano de La Palma a Occidente, es de 3 grados y 43 minutos, lo que hace una distancia desde La Palma de 70 leguas españolas, que son 240 millas italianas".

Vinculados por los constructores de mitos griegos y romanos, veinte siglos después de Homero permanecíamos matrimoniados por el desconocimiento. Esa eventualidad tenía a la fuerza que acarrearnos consecuencias de distinto alcance y no será ocioso ni vano recorrer algunas de ellas, con preferencia las que, en cierto modo, han decidido nuestra híbrida personalidad cultural y el imaginario de aluvión con la América Hispana. El espacio cultural atlántico donde ha sido posible y fluida la transculturación de costumbres, hábitos, ideas, creencias y desasosiegos.

¿Por qué nos son tan familiares las infancias y los abuelos de las novelas de Gabriel García Márquez, los pueblos polvorientos y las supersticiones de Juan Rulfo o de Miguel Otero Silva, la sensibleras películas mejicanas, la cocina del Caribe, la música popular de América o la jerga doméstica de los culebrones televisivos de la actualidad?

¿Por qué los españoles peninsulares y aun los mismos hispanoamericanos, confunden nuestro acento con otras formas de hablar la lengua de Nebrija al otro lado del Atlántico? ¿Qué inconsciente profundo nos concilia y nos fraterniza con tanta facilidad? ¿Qué razones desconocidas operan en nuestros emigrantes para que se sientan en América como en su propia casa y allí mismo los distingan tanto de otros pueblos de España? [Quizá pequemos de reiterativos si recordamos una vez más el tan nombrado "Decreto de Guerra a Muerte", dictado por Bolívar, el 15 de junio de 1813 desde el Cuartel General de Trujillo, "A sus conciudadanos", y la diferencia que establece desde ese momento entre "Españoles y Canarios". Pero esa prevención del Libertador avala con contundencia lo afirmado por nosotros con anterioridad]

A la mitología que unificó a Canarias con la América posteriormente descubierta, la sucedió el conocimiento y la apropiación por Occidente de unos y de otros. Y ahí comienza otra aventura de la imaginación.

Continuamos el sueño premonitorio de la Antigüedad. Canarias está en la fundación de la metáfora americana, en la especulación metafísica de esa nueva conciencia, en los primeros nombres dados a las cosas, en los primeros pálpitos de sus colonizadores más sensibles, aquellos que no solo viven los acontecimientos, sino que experimentan una necesidad de trascenderlos y de trascenderse.

La portentosa actividad evangelizadora del jesuita José de Anchieta en Brasil -después de haber nacido en La Laguna, en Tenerife, el 19 de marzo de 1534 y de haberse formado en la Universidad de Coimbra-, no mermará su capacidad literaria y reflexiva, ni su pasión por aprehender en lengua latina, portuguesa, castellana o tupí los deslumbramientos de un viaje equinoccial de la mano de Cristo y del código de San Ignacio de Loyola. Una edición de las obras de José de Anchieta es preparada hoy por el Departamento de Filología Clásica de la Universidad de La Laguna, pero lo ya conocido de su quehacer lo convierte en un paradigma de la presencia insular en la definición de lo americano. En un paradigma del cómodo proceso de sincretismo.

Parecido papel se adjudican Luis Melián de Betancurt (sic) con respecto a la literatura guatemalteca y Silvestre de Balboa con relación a la épica cubana.

Don Joaquín Blanco, en su Antología de la poesía canaria, I, (siglos XV-XVII), aparecida en Madrid en 1984 (Editorial Rueda), nos da noticia, a través de los trabajos de Carmelo Sáenz de Santa María, miembro del Consejo Superior de Invesgaciones Científicas, del poeta Luis Melián de Betancurt, también nacido en Tenerife, como Anchieta, en 1577. Según Sáenz de Santa María, Melián de Betancurt viajó joven a Perú y luego a Guatemala. Estuvo al servicio de Antonio Peraza de Ayala, Conde de La Gomera, gobernador de esa zona de Centroamérica, y recibió el hábito de franciscano en 1614, tras turbulentos y divulgados amoríos. [Se cita la novela histórica El visitador (1867), del guatemalteco José Milla Vidaurre, como una de las fuentes más ricas para seguir la vida de Luis Melián de Betancurt]

Joaquín Blanco supone una curiosa relación de Melián con el obispo de Cuba Fray Juan de las Cabezas Altamirano, cuya probidad y valor cantará Silvestre de Balboa en su Espejo de paciencia.

La poesía de Melián de Betancurt, posible pariente del Hermano Pedro de Bethencourt, fundador de la Orden Betlemita, está contaminada de su postrera militancia religiosa. Blanco reproduce en la "Introducción" a su Antología cuatro estrofas en versos endecasílabos y un final en octosílabos en las que Melián nos refiere su particular punto de vista sobre el tan frecuentado asunto del Barroco español de la fugacidad y la irrelevancia de la vida terrena:

 

Maldito el hombre que en el hombre fía;

solo fiar de Dios es lo seguro;

descargar la conciencia cada día

es contra todo mal un fuerte muro.

Dios los trabajos por la culpa envía,

forzoso es el morir, mas trance duro.

Hombres, vivid como si siempre fuera

cada hora del tiempo, la postrera.

 

Sólo el amigo es Dios, que es sobre todo:

que la amistad del mundo es sólo sombra.

¡De qué te ensoberbeces, tierra y lodo;

pues no merece menos por ser hombre!

Todo tiene su fin y cierto modo.

Sigue el bien, huye el mal; y no te asombre

sino el ver que eres hoy tierra liviana,

y que no sabes quién serás mañana.

 

¡Mundo, quién te conociere,

cierto estoy que no te alabe;

quiérete quien no te sabe,

sábete quien no te quiere!

 

Menos imbuido de mortificación escribirá Silvestre de Balboa su Espejo de paciencia, para dar cuenta, en las octavas reales al uso, del secuestro, cautiverio y entereza del mencionado obispo Juan de las Cabezas Altamirano.

El profesor Cintio Vitier y el poeta y narrador José Lezama Lima reconocen en Balboa los primeros pasos de la literatura cubana, y su obra se relaciona, salvando las distancias, sobre todo de extensión física y temática, con Ercilla, Pedro de Oña y Luis Barahona de Soto.

En Espejo de paciencia, sin embargo, lo más significativo es la entronización del paisaje cubano en un ámbito donde convive sin esfuerzo con las alusiones míticas grecolatinas y los modelos de la poesía italiana y española. Esa originalidad la vincula el poeta y crítico Lázaro Santana , a la influencia ejercida en Balboa por Antonio de Viana y Cairasco de Figueroa, que habían anotado con mimo en sus obras respectivas los pormenores de la naturaleza de nuestras Islas Canarias. Balboa practica un mestizaje referencial generosamente asumido por los poetas y narradores que le sucederán en el oficio.

"Hay que nombrar las cosas para que las cosas sean", afirmará Alejo Carpentier, otro cubano sin muchas raíces, cuatro siglos más tarde. El suceso narrado por Balboa había tenido en cuenta la premisa de Carpentier y nos ofrecerá ejemplos tan agradecidos como el del recibimiento obsequiado al obispo de su historia en el hato de Yara:

 

Sálenle a recibir con regocijo

de aquellos montes por allí cercanos,

todos los semicapros del cortijo,

los sátiros, los faunos y silvanos.

Unos le llaman padre y otros hijo;

y alegres, de rodillas, con sus manos

le ofrecen frutas con graciosos ritos,

guanábanas, gegiras y caimitos...

 

De los prados que cercan las aldeas

vienen cargadas de mehí y tabaco,

mameyes, piñas, tunas y aguacates,

plátanos y mamones y tomates.

 

Anchieta, Melián de Betancurt y Balboa representan la primera contribución, desde la literatura, de ese tejido de reciprocidades canario-americanas, pero sus desvelos literarios no son sino el comienzo de un grande y diverso diálogo ininterrumpido que, durante los siglos XIX y XX, cobrará aun mayor fuerza.

Un ejemplo de ese diálogo permanente en siglos anteriores, lo constituye el comentario del siglo XVII del poeta canario Pedro Álvarez de Lugo Usodemar (1628-1706), descubierto recientemente por el profesor Andrés Sánchez Robayna, sobre una obra tan significativa del barroco hispanoamericano como el "Primero Sueño" de Sor Juana Inés de la Cruz, lo que puede darnos una idea del seguimiento que se hacía desde la literatura y la crítica canaria de todo lo producido al otro lado del Atlántico.

El último tercio del siglo XIX es el del Modernismo de Rubén Darío. Como señala Jorge Rodríguez Padrón, en los escritores canarios modernistas, como en los hispanoamericanos del mismo periodo estético, la modernidad fue su principio literario. La modernidad, para unos y para otros, además de significar "una respuesta de la imaginación y la sensibilidad al positivismo y a su visión helada de la realidad", constituía, en cierto modo, el hallazgo de una tradición hibernada.

El exotismo y el exceso de mitología fueron atributos de la poesía de Rubén Darío, pero también de Tomás Morales, nuestro poeta más significado dentro de ese movimiento estético finisecular. Aunque Morales recurre a la mitología no por mero mimetismo doctrinal. Para él la mitología es el capítulo imprescindible a incluir en una hipotética historia del Archipiélago de su nacimiento.

Fuimos primero mitología y luego historia. La mitología, es obvio, no la inventamos nosotros, pero ella sí nos inventó; ella nos supuso entre las nieblas de lo inexplorado y nos predijo; ella nos dio al conocimiento del mundo antiguo. De ahí la propiedad con que Morales la usa y la aplica a nuestro ser. Su "Oda al Atlántico" recobra para nuestras islas un pasado que la historiografía nunca supo articular. Hijos del mar y reacios a la navegación; africanos y latinos; hijos de la imaginación mediterránea y habitantes de la realidad atlántica.

"En un inmensurable atletismo de espacio", Morales vuelve a convocar a titanes y a musas, a Poseidón y a Apolo, al Hércules de las columnas infranqueadas y de las rosas poéticas, para categorizar algunos de nuestros ascendientes más diáfanos y más ricos: la mitología de ayer, el cosmopolitismo modernista. [Hemos de recordar que Angel Valbuena Prat consideraba al cosmopolitismo, junto al aislamiento, la intimidad y el sentimiento del mar, como los rasgos definidores de la lírica insular]

"Mi esposa es de mi tierra; mi querida de París", proclamará Darío sin pudor en un afán de ironizar por pasiva su activa permeabilidad a los asuntos del mundo.

Morales conjuga los tiempos de nuestro ser insular y oceánico. Ve a Hércules recorrer las tierras de Occidente y se ve a sí mismo volviendo sobre sus pasos. La memoria confunde los instantes y la poesía hace el recuento sin escalafones ni discontinuidades. El poema es un organismo verbal autónomo que todo lo puede:

 

El mar: el gran amigo de mis sueños,

el fuerte

titán de hombros cerúleos e

imponderable encanto:

En esta hora, la hora más noble de mi suerte,

vuelve a henchir mis pulmones y a enardecer mi /canto

El alma en carne viva, va hacia ti, mar augusto,

¡Atlántico sonoro! Con ánimo robusto,

quiere hoy mi voz de nuevo solemnizar tu brío.

Sedme, Musas, propias al logro de mi empeño:

¡Mar azul de mi Patria, mar de Ensueño,

mar de mi Infancia y de mi Juventud... mar Mío!

 

El Atlántico infinito ordena el canto de Morales, como él mismo reconoce, pero también albergó al comercio y a la piratería, que es siempre una consecuencia de aquél.

"Las islas ofrecen caletas, bajíos, farallones, rocas, arrecifes; en suma, facilidades para espiar, para atacar por sorpresa y para escapar, como hicieron los piratas durante siglos alentados por las rutas de los metales y las especias". En las Islas Canarias, en ese sentido, y según nos relata con minuciosidad Antonio Rumeu de Armas en su monumental obra sobre el particular, rebautizada con acierto en su reaparición facsimilar (1991) como Canarias y el Atlántico, se dan las mejores condiciones para el asalto y la huida pronta, para la rapiña más preciada: oro, plata, cobre, vino, sal, alumbre, sedas, nuez moscada, pimienta, jengibre, canela, pimentón, esclavos... Así como para la leyenda consiguiente.

Al igual que las gestas de François Leclerc, "Pie de Palo", John Hawkins, Francis Drake, Walter Raleigh, inundan las páginas de la literatura del Caribe, también determinan nuestro pasado de amenazas costeras y sufrimientos sucesivos.

En 1897 se publica en Santa Cruz de Tenerife Sor Milagros o Secretos de Cuba, una novela de 486 páginas, con grabados, de Aurelio Pérez Zamora, nacido en el Valle de la Orotava sesenta y cinco años antes y residente en Cuba a lo largo de buena parte de su vida. En Sor Milagros..., se narra la vida de un pirata del Atlántico, Angel García, "Cabeza de Perro", emulador de los citados Drake y Hawkins y de los filibusteros y bucaneros de las islas de San Cristóbal y de la Tortuga, que sería ajusticiado en Tenerife por su crueles asesinatos.

Algunos años antes de morir Alejo Carpentier, tuve noticias directas, a través de Francisco González Casanova, del interés del novelista cubano por la leyenda de "Cabeza de Perro" y por sus correrías por las costas del Archipiélago Canario y de la isla de Cuba. Puede tratarse de una simple anécdota, pero ese empeño común de apresar la historia del Océano de enlace se extiende hacia delante y hacia atrás de la crónica.

Hay ejemplos recientes de especial atractivo. Sin desarrollar aquí las coincidencias entre los afanes de Carpentier y de la recién galardonada Dulce María Loynaz, citemos a tres de los novelistas estudiados por nosotros: al cubano Antonio Benítez Rojo, autor de El mar de las lentejas (1979), al argentino Abel Posse , con su obra Los perros del paraíso (1983), y al paraguayo Augusto Roa Bastos y a su Vigilia del Almirante (1992).

En unos y en otros, el solar de las Canarias -en Benítez Rojo: Tenerife; en Posse: La Gomera; en Roa, principalmente La Gomera y Tenerife-, en relación con el Nuevo Mundo, conforma un mismo paño de enredos y desenredos, de rutas descubridoras y comerciales, de amores y desvaríos, de dichas y desdichas. Un espacio donde conviven cómodamente el mito, la historia y la literatura.

Mapas y portulanos, crónicas íntimas y protocolos, erudita historiografía y cuadernos de bitácora, rumores e infundios, son aprovechados por Benítez Rojo para inventariar una franja de la colonización de Las Indias, donde volvemos a ser protagonistas destacados y donde el ejercicio del poder y la ambición humana se tornan ilimitados.

Los apellidos manejados por Benítez Rojo, las industrias azucareras de la época, los trajines y las rutinas en torno a los Ponte, no nos dejan distinguir la anécdota insular de las localizadas en la América primera.

Coincide una atmósfera de fundaciones, de roturación de espacios físicos y anímicos, de euforias y nerviosismos de recién llegados, de infancia de movimientos.

Proponiendo parecidas generosidades y ambigüedades escenográficas, ha escrito Abel Posse su novela Los perros del paraíso, una versión caprichosa del Descubrimiento donde las Canarias son consideradas la planta piloto del Imperio en expansión y una de las veintipico partes en que subdividirán América sus descubridores.

Posse dedica ingeniosos capítulos de su obra a la escala de Colón en La Gomera de Beatriz de Bobadilla y le hace vivir al almirante genovés unas jornadas eróticas con la hembra más temida y deseada de la época, a la que Posse bautiza como la Dama Sangrienta. De "grandes caderas. Cintura estrechísima. Muslos planetarios, picassianos, pero tobillos finos, delicados como muñecas de organista francés".

Y Roa Bastos no solo volverá sobre esos amores oceánicos, sino que nos recreará improbables descripciones del Teide tinerfeño de su Colón particular, además de dar vida a un personaje natural de las islas que acompañará a Colón en su primer viaje para servirle de intérprete con los indígenas de Guanahaní.

En el incesante diseño de esa metáfora canario-americana, participan además hombres y mujeres de nuestras islas u originarios de ellas. Habría que citar aquí y estudiar su caso con el rigor debido, al prerromántico canario Graciliano Afonso (1775-1861), exiliado a América tras el regreso al poder de Fernando VII. Luego estaría el nombre y la biografía apasionante de Mercedes Pinto (La Laguna, Tenerife, 1883-México, 1976), autora de algunos libros de poemas, pero fundamentalmente de dos novelas que no podemos olvidar: Él (Montevideo, Casa del Estudiante, 1926), la que inspiraría el conocido film de Luis Buñuel; y Ella (Madrid, Biblioteca Nueva, 1969). Mi último descubrimiento es el de Josefina Plá, nacida en la Isla de Lobos el 9 de noviembre de 1903 y hoy convertida en la intelectual paraguaya viva más respetada, con una producción poética, narrativa, dramática y ensayística inmensa y prestigiosa. Radicada en Asunción desde 1927, no ha renunciado a sus orígenes insulares.

Otro es el caso de Nivaria Tejera, nacida en Cuba en 1933, de padre canario, "Premio de Novela Biblioteca Breve 1971", con su obra Sonámbulo de sol, el agónico monólogo de un hombre por las calles de La Habana; autora asimismo de El Barranco, una crónica infantil de la Guerra Civil española vivida por la autora en Tenerife, y de Huir la espiral, publicada en 1987 en su retiro parisino. La obra de Tejera está a caballo de las Islas Canarias y de las Antillas y en sus páginas el rigor y el experimentalismo expresivo prevalecen sobre lo narrado. Los acentos idiomáticos del Archipiélago y de la sociedad cubana encuentran en ella una simbiosis fecunda y sorprendente.

Distinta trayectoria ha tenido la obra narrativa y dramática de José Antonio Rial, otro hijo de la Guerra del 36, autor de la tan leída La prisión de Fyffes y de Venezuela Imán. Dos títulos, entre otros muchos, que ya por sí mismos nos definen y nos adelantan el alma dividida de creador trasatlántico de Rial.

Los ejemplos no dejan de incrementarse y llegan a nuestros días por el pasillo de la novela hispanoamericana del medio siglo y su influencia, ya estudiada por nosotros en otro lugar, sobre la novela canaria escrita a partir de los años setenta.

Los que empezamos a escribir en las islas durante esa década, leíamos con avidez las novelas de los citados Rulfo y Otero Silva, de Onetti, de Fuentes y de García Márquez, de Cortázar, de Vargas Llosa y de Cabrera Infante. En ellos decubríamos una libertad lingüística que nos alentaba a deshacernos de algunos complejos académicos. Una preocupación por registrar la unidad diversa de la América de Bolívar que nos animaba a hablar sin complejos de nosotros mismos, como una más de las veintitantas partes del continente de Colón de las que habla Abel Posse en su libro reseñado. O, al menos, como una comarca diferenciada que no tenía la obligación de obtener el vistobueno peninsular para manifestarse con todo su derecho y toda su singularidad.

"Europa, nación confusa", escribía el historiador Henri Hauser. Para él, Europa era un mundo doble o triple, formado de seres, espacios diferentes y diversamente trabajados por la historia. ¡Cuánto razón tenía y tiene!

Germanos-eslavos, Europa romana-Europa bizantina, Europa continental-Europa oceánica: la historia del continente ha sido dominada por estos grandes antagonismos, a los cuales vino a añadirse el existente entre la Europa liberal y la Europa no liberal. No hay una Europa, sino Europas...

El mundo atlántico de la lengua española ha luchado desde el siglo XV contra la desintegración anímica y espiritual, y en ese combate los canarios hemos sido una fuerza de choque de élite, no por obligación ni falso voluntarismo, sino por convicción.

Con relación al pensamiento eurocentrista, Canarias y América fueron antes territorios de ilusión que realidad; que geografía e historia. Esa circunstancia nos ha hecho con frecuencia marchar juntos y sentir la lejanía y la orfandad de tutotes culturales impuestos, sufridos o celebrados. Los tiempos han ido moldeando nuestros pareceres en una contigüidad más del corazón que de la cercanía física.

Los canarios miramos hacia América con una facilidad y una complicidad de viejos amigos. Homero,Hesiodo, Platón, Isidoro de Sevilla, Las Casas, la Venecia del Renacimiento, la misma Isabel la Católica y autores como el citado Giuliano Dati, Anchieta, Melián de Betancurt, Tomás Morales, Carpentier, Loynaz, Antonio Benítez Rojo, Abel Posse, Augusto Roa Bastos, Graciliano Afonso, Mercedes Pinto, Josefina Plá, Nivaria Tejera, José Antonio Rial, y tantos otros, soñaron y escribieron sobre una Canarias y una América conciliadas por el mito, la historia y la literatura.

Los creadores perseveran en la construcción de esa tierra prometida, en ponerle puertas a un campo sin límites con las palabras a su alcance. En restituir, desde el placer y el dolor de la escritura, la cartografía onírica de los paraísos grecolatinos.

Lo voy a repetir de nuevo: necesitamos los mundos soñados para descubrir las soluciones del mundo real en el que habitamos y deseamos seguir habitando.

Los canarios y los americanos éramos el lado exterior e insondable de las Columnas de Hércules (los "oceanizados" por la Antigüedad clásica) y ahora somos la gran mayoría de los trescientos millones largos de hablantes que trabajan, sufren, sonríen y leen en la misma lengua.

Los ocho bisabuelos del autor de la Gramática (1ª edición: 1847) que cohesionó esa lengua, tras la Independencia Americana, eran tinerfeños, y ese autor se llamaba Andrés Bello y había nacido en Caracas el 29 de noviembre de 1781.

El mito empieza, en cierto modo, a estar por debajo de la realidad.

Anteayer fuimos un mundo de metáforas y ayer un Nuevo Mundo que no termina de darse cuenta de su grandeza ni de sus inexploradas posibilidades, aunque, desde el arte y desde la literatura, esas posibilidades hayan sido tantas veces ensayadas.